El organigrama imperfecto

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Vladimir Amaya

Este poema mío tan absurdo

Marina Eugenia Barahona Díaz

 

A las tres de la tarde

el día se rompe como un huevo en el sartén de mamá.

 

Empacado al vacío / vestido de payaso para mi propio velorio,

desciendo las escaleras de nubes,

atravieso el humo de ídolos, doctores y alquimistas.

 

Rostros como edades registro

bajo el agua del diluvio mayor de mi herrumbre.

Soy monseñor de fantasmas;

dios maldito

por culpa de su propio milagro:

el amor es la agonía que pone de rodillas al amor.

 

(a estas alturas del poema

que alguien suelte el nudo de mi corbata,

porque veneno son los días mientras el mundo se corroe

en las sombras excrementicias de este epitafio, de esta historia,

desde ya inconclusa y cíclica.

 

II

Son las tres.

Que alguien me preste un revólver

o me invite un café.

 

III

Me rasguña el aroma de unos muchachos de camisas finas.

Mi bisabuelo, muerto hace ya muchos años,

me visita y me da terribles coscorrones

mientras me ordena:

Sea puntual con el genocidio, con el suicidio,

limpie la escena del crimen,

que no se le quemen las galletas en el horno, señor autómata.

 

Empacado al vacío / vestido de payaso para mi propio funeral:

dichas estas palabras son agujas en la lengua.

Gris, pardo, denso, erróneo.

Luego,

una marioneta

me explica el origen del día

y la breve historia de las nueces en el lenguaje de las nutrias:

Es un maniquí medio ocre

y mediocre caricatura de sí mismo.

Yo debo peinarlo,

vestirlo con su mocasín

y corbatín de gorrioncillo idiota.

 

Mi trabajo es ahogarme en las excusas.

Validar excusas.

Diarias excusas. Excusas. Mr. Excusado.

 

Pero hay muchachas

a quienes les encanta mi nombre,

y en sus pupilas guardan paraísos para mí,

dedican besos de sus ojos a mis ojos,

besos pequeños, tímidos y melancólicos

de primeras novias enfermas de olvido y de tuberculosis.

 

IV

Mis zapatos están lustrados con lágrimas de ratón

y de poeta borracho.

Cultivo un casco de barcos y aviones,

y en mi bolsa de polillas también guardo la tarde.

 

Rapado de martes me ven sin rumbo.

Herido de viernes vengo a la campaña.

 

Aprendiz en la división y multiplicación de incertezas,

ordeñé la tristeza a mi manera de morir entre risas,

y a la melancolía le saqué la hipotenusa por debajo de su falda.

 

Soy un pequeño hígado de tabaco

que arde en la espuma de la cerveza.

 

Mañana ¿a quién le doleré entonces?

 

¿Quién seré para entonces?

 

A las tres de la tarde

el día se rompe como un huevo en el sartén de mamá.

 

Los jóvenes se marchan a esta hora

con la esperanza de ya no regresar mañana a la cárcel de sí mismos.

 

Madre: mi cerebro se fríe.

 

Vladimir Amaya. San Salvador, El Salvador, 1985. Licenciado en Letras. Ha publicado 8 libros de poesía y más de una veintena de antologías de autores salvadoreños. Es profesor de Lenguaje y Literatura para Bachillerato.  En 2013, la Secretaría de Cultura de la Presidencia lo declaró Gran Maestre en el género de poesía, tras haber ganado diversos certámenes de los Juegos Florales. Desde 2016 es director de la revista “Cultura”, del Ministerio de Cultura de El Salvador.

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