El rayo que no cesa

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Héctor Julio García

Murió una tarde con dos de sus amigos. Quedamos perplejos. Gabriel siempre fue bueno, servicial con todos, lo que llaman un muchacho dedicado. Por eso su muerte nos tomó por sorpresa. Porque siempre creímos que estaría a nuestro lado. Pero ya ve, esas cosas pasan sin que uno esté preparado. Uno nunca se alista para despedir a un amigo, tampoco se repone. Uno pasa de tenerlo cerca, a convivir con su ausencia y esos giros bruscos, drásticos, son los que más hacen daño, son los que marcan para siempre.

Los otros dos no eran amigos míos, pero saber que murieron con él los convierte en mis hermanos. No sólo míos, eso está claro. El día del sepelio una multitud salió a la calle para despedirlos. Fue necesario que el párroco oficiara en la calle, megáfono en mano se dirigió a la procesión. Vi mucha gente llorar, pero tuve miedo de mirar sus rostros, de fijarme bien quien era el que lloraba por temor a que descubrieran que yo no estaba sumido en el llanto.  Mis ojos no buscaban nada que no fuera el piso y entre la multitud miraba de reojo a la gente y sentía el peso del cielo gris tras sus rostros anunciando lluvia y se me afligía más el corazón, más y más.

Ha pasado mucho tiempo. Son vagos los detalles, pero hay imágenes que se anclaron a sentimientos que están vivos, a flor de piel.

La muerte no da tiempo. Es un sablazo que lo ordena todo, pero para el que nunca se está preparado.

Fue la tarde de un domingo, pero todo empezó mucho antes. Ahora lo siento así, aquí sentado en este balcón siento que fue así. Que nada de lo que veo es una mentida experiencia, que, en fin, nadie nunca olvidó nada de esa tarde porque cada día con sus situaciones y gestos nos llevaba a ese domingo, al sepelio, a la despedida. Nadie podía saberlo, ahora es otro el precio que nos cobra el recuerdo.

Gabriel era el hijo del carpintero. Su papá no sabía del oficio y por eso lo llamaban deshonesto. Escuché a muchas personas hablar de él así. No era sino acurrucarse en la escalera que daba a la puerta interna del negocio de mi papá y sentarse a oír. Nunca supe quienes eran los que hablaban, nunca me interesó. En aquel tiempo esos no eran mis temas. A los once uno quiere otras cosas, mirar a las niñas, jugar un poco a la pelota, hacerse el boxeador más duro dando golpes a una bolsa llena de aserrín, salir en bicicleta, esas eran las cosas importantes. Vine a entender lo que era deshonesto cuando un mueble que el papá de Gabriel había construido para mi mamá, se vino al piso. Entonces un estruendo fatal recorrió la casa.

Yo lo visitaba seguido para pedir retablos de madera y hacer carros. En esas visitas entablé amistad con gabito. Pronto no estaba solo mirando a las niñas, ni jugando a la pelota contra la pared. Estaba él, mi primer amigo. Compartirnos muchas aventuras, pero al fin nuestra amistad se deterioró, se fue al piso como el mueble mal hecho y terminamos cruzándonos en la calle con miradas de recelo.

En ese entonces yo intuía la clase de persona que era él. Mejor, la clase de persona en que se iba a convertir. Era evidente. Grosero, un machorro de buen corazón. A la vuelta de dos años yo seguía siendo un bobo. Torpe para todo. Tímido en todos los casos. No podía seguirle el ritmo a Gabriel. Él quería probar otras cosas. Nada de pelota. Entrarle con besos a la vecina o a cuanta niña hubiera. Yo no. No podía. Gabo terminó por hacer amistad con otros muchachos. No volvimos a hablar. La última vez que él me dirigió palabra, fue para preguntarme cómo iba eso de las novelas, cuando se enteró de que estaba a punto de dejar el colegio para dedicarme a escribir. Yo pasaba el día entero sentado frente a un escritorio al que le había hecho espacio en el balcón, al lado de los pájaros y los geranios. Saqué doscientas páginas en un mes, sólo basura. Gabo pasó dos veces a preguntarme lo mismo, que qué hubo gordo, cómo va esa joda, que cuando se la iba dar a leer. Cuando termine, fue lo que dije yo. La concluí para agosto, luego de cuatro meses viendo cagar a los pájaros. Muchas de esas hojas hablaban de él y del amor. En ese entonces era distinto. Tenía la certeza de que él podría leerlas en cualquier momento. Ahora se interpone esa que fuera tarde de domingo en un septiembre de lluvia.

Así lo recuerdo: en casa había tensión porque ese día se elegía nuevo alcalde. Como es costumbre alguien de la familia era candidato y todos teníamos la obligación de apoyar la empresa. Nos levantamos de madrugada para recoger gente en las veredas. No hubo descanso. Toda la mañana dale que dale en un chevrolito rojo, recogiendo gente, llevando comida, trago. Todo pasaba muy rápido y no me fijé en nada. La misma gente de siempre con los gestos de siempre, todo igual. Cerca del medio día me tumbé frente a la casa contigua al colegio, donde el pueblo depositaba sus votos. Ahí estuve largo rato, fumando, pensando no sé qué. Entonces pasó Gabriel conduciendo un campero, con él iban tres muchachas y dos muchachos más. La calle estaba abarrotada de gente que caminaba hacía el colegio, gabo tuvo que disminuir la velocidad. Desde el carro me preguntó que cómo iba lo de la novela y yo sin moverme, fumando tranquilo, le dije que ya estaba lista pero que como era lógico el resultado era malo. Él sonrió y se despidió agitando la mano. Adiós gabito, adiós.

Yo seguí al borde de la carretera, seguro pensando en que debía darle la novela a Gabriel, pero que tendría que cambiar las cosas, no fuera pensar que la novela era sobre dos muchachos enamorados.

Se acabó la tarde, perdimos la elección y todo sirvió para nada, como casi siempre.

Atendiendo el aire político de la ocasión, se organizó una reunión en la casa de mi abuela para discutir y maldecir y aventurar tramas corruptas contra nuestra campaña.         

Todos estaban en el patio, ese patio grande que tiene historia, eran felices. Yo me había quedado en uno de los cuartos leyendo un cuento de Ribeyro, uno que desarrollaba el tema de la muerte en un párrafo, un cuento que no pude volver a leer porque cada vez que lo intentaba, venía a mí la sensación de estar en esa noche interminable, porque esa noche no terminó para ninguno de nosotros. Un primo entró al cuarto gritando palabras que no pude entender, pero en su rostro estaba la huella del espanto. Nervioso salí al patio lleno de pensamientos confusos. Fuera todo era caos. La gente corría de un lado a otro y no podía detener a nadie para exigir explicaciones. Me acerqué a un grupo que lloraba y alguien dijo ¡se murieron, se murieron!, yo no quise preguntar por quién era que lloraban. La noticia me fue llegando de a pocos, primero la finca, el lugar, el campero verde y luego el nombre de Gabriel que me retumbó en la conciencia y me mandó al piso de un golpe. Me caí sin aliento. Entonces pensé que todo debía ser producto del alcohol, que todos borrachos y frustrados como estaban no conseguían ser objetivos con los hechos. Pensé que debían estar heridos, que habían chocado el auto contra un barranco y que era eso lo que llamaban muerte, como si yo supiera de qué se trataba por haber leído un cuento, que la lluvia había hecho patinar las ruedas, que no podían estar muertos, que era sólo un rumor de pueblo pequeño.

Todos nos fuimos al parque y allí todo era peor, la gente estaba volcada en multitud sobre una camioneta, ¡ahí están, se murieron! fue lo que oí a la distancia. Deben ser otros, tienen que ser otros. No pude acercarme, no quise acercarme, mi mamá lo hizo y cuando vi su rostro supe que era cierto, que era él de quien hablaban.

Al otro día supe lo que había pasado. No recuerdo más. Sólo guardo la sensación de estar en el sepelio, de oír los gritos de la gente maldiciendo las cosas de la tierra y que a los cuatro días yo miraba desde mi balcón la ventana cerrada de la casa del finado Gabriel, pensando en que su mamá estaba allá y preguntándome cómo alguien podría vivir así, cómo la gente del pueblo podía seguir haciendo sus cosas, cómo yo podía seguir en el balcón del que parece nunca he salido y desde el que sigo mirando una ventana siempre cerrada y cómo es que no pude llorarlo después de que un rayo se lo llevara, yo que tanto lo quería.

 

 

Héctor Julio García, escritor colombiano nacido el 6 de abril de 1987. Es licenciado en creación literaria y lenguas modernas, actualmente cursa la maestría en Humanidades de la Uaemex. Sus cuentos han sido publicados en varias revistas colombianas. Fue ganador del concurso de cuento Universidad San Buenaventura de Cali en el 2008 y finalista del concurso de novela Ciudad de Bogotá en el 2014.

 

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