La dama y la fiera: estereotipos femeninos en la literatura

ferrufiñoCelene García Ávila

La literatura ha dejado muchas heroínas memorables; cada una de ellas revela una manera de concebir el papel de las mujeres en la sociedad, de manera que tras la lectura de algunas novelas los lectores tienen ante sí diversas imágenes de estudios femeninos elaborados por escritores de todas las épocas. Según Lucía Guerra, en su libro Mujer y escritura: fundamentos teóricos de la crítica feminista, las imágenes de la mujer en la literatura despliegan una compleja trama axiológica que evidencia el “deber-ser” y el “no-deber-ser”, lo cual pone a flote los prejuicios sexistas y manifiesta una apropiación masculina que proyecta en esas representaciones temores y aspiraciones. Cabe señalar que los estereotipos femeninos se fundan en la función biológica, de modo que giran en torno del concepto mujer-matriz.

Si tuvieran que señalarse algunos tipos femeninos, podrían mencionarse: la niña ninfa y terrible seductora, la virgen que se va a casar, la casada virtuosa, la adúltera y la vieja poco simpática. Por ejemplo, es muy popular la trama de la bella princesa que, en edad casadera, dará su mano al arrojado pretendiente que salga victorioso de las arduas pruebas a las que habrá de enfrentarse. En ocasiones, la princesa también atraviesa dificultosos periplos que bien pueden compararse con los que experimentan los personajes varones, por la carga de aventuras y emociones que habrá de enfrentar. Un ejemplo es Gudrun, personaje de la saga nórdica, quien tiene dos pretendientes: Herwig, y el bravo y cruel Sigrid, rey de los moros, quien la rapta y la convierte en lavandera en lejanas tierras. Sin embargo, el papel de Gudrun sigue siendo el de fortalecer las alianzas entre los reinos y, acaso, pacificar antiguas rencillas, aunque también, cual Elena de Troya, muestra el peligro latente de generar una guerra entre los pueblos de donde proceden los rivales que la desean.

La contraparte de la casadera es la joven insumisa, la enamorada que huye con el amante, renegando del prometido o del marido. Así, habría que mencionar el relato medieval de Tristán e Isolda (siglo XII), quienes se enamoran perdidamente gracias al hechizo del filtro de amor (si bien salvaguardados por la espada de Tristán que supuestamente pone freno al encuentro sexual: véase aquí cómo este tema se conserva dentro del orden social, ya que el hechizo lo presenta como un acto involuntario). El adulterio como tema literario ha sido motivo central de muchas obras. Una de las más memorables es Madame Bovary (1856-1857), de Gustave Flaubert; en esta novela la provinciana Emma Bovary se siente asfixiada en su sencilla rutina como la esposa del médico Charles. De modo que su aburrimiento la encauzará al adulterio y a la ruina, pues resultará embaucada por un comerciante sin escrúpulos; el desencanto final ocurre cuando comprende que sus amantes no llenarán su anhelo de amar. Entonces, se envenena mostrando la impotencia de salir de la cárcel de convenciones en la que vive.

Otro ejemplo es Lady Chatterly’s Lover (1928), pues D.H. Lawrence retrata a un personaje femenino desbordante de erotismo. Constance y Ollive Melors son una pareja memorable de la literatura porque, en aras de vivir su intensa relación como amantes, rompen convenciones sociales y de clase. En contraste con las atrevidas disipadas, hay personajes cuyo papel es ser mujeres casadas que asumen esa función y no se permiten errar en el adulterio, como Daisy, la esposa de Tom Buchanan, en The Great Gatsby (1925). Daisy Buchanan se queda atrapada en el cúmulo de convenciones que le impone su clase social y opta por no arriesgar su condición de mujer respetable; por eso, prefiere quedarse con su marido, aunque guarde gran afecto por Gatsby, el antiguo novio que ha regresado a buscarla y aunque padezca las continuas humillaciones de Tom.

Así pues, los problemas de censura que tuvieron que enfrentar tanto Flaubert como D. H. Lawrence, con las novelas a las que me he referido anteriormente revelan la temperatura del termómetro moral de sus respectivas épocas. Fueron consideradas escandalosas y con faltas a la moral tanto Madame Bovary por el planteamiento explícito del tema del adulterio como Lady Chatterly’s Lover por las descripciones explícitas de escenas sexuales, el abierto cinismo y la crítica a la hipocresía de las clases sociales acomodadas: Constance prefiere seguir una insípida relación con su marido paralítico antes que arriesgarlo todo y huir con el leñador Mellors. Si bien estas dos historias evidencian algunas de las motivaciones que las dos heroínas tienen para establecer relaciones fuera de sus respectivos matrimonios, ninguna de ellas llega a obtener autonomía: Emma se suicida y Constance regresa a su insípida vida.

Otro estereotipo es la matrona dominante; mientras unas veces quiere sacar ventaja de sus hijos o hijas, como la mamá de doña Flor, en Doña flor y sus dos maridos (1966), de Jorge Amado, otras es tan cruel que se desentiende de sus hijos o, en casos extremos, los odia, tal sería el caso de Doña Bárbara, poderosa e inflexible terrateniente venezolana, que emergió de la pluma de Rómulo Gallegos en 1929 en su novela homónima. Es claro que, en los ejemplos discutidos hasta este punto, las mujeres tienen bien delimitado su radio de acción a la esfera de lo privado. Por ello, los conflictos que enfrentan tienen que ver con la subjetividad de los personajes, con sus sentimientos y con las decisiones que ellas toman para hacer frente a sus emociones. Incluso en el caso de Doña Bárbara, se nota el papel fundamental de las emociones en su actuar, aunque como la cacique del pueblo representa a un personaje masculinizado y terrible (quizá habría que destacar lo amargo de su carácter y relacionarlo con el hecho de cuando era joven fue violada por unos piratas). Curiosamente, personajes femeninos mayores, como la mamá de Doña Flor, y Doña Bárbara rayan en lo caricaturesco o en lo grotesco; si bien demuestran rasgos nobles, se destaca en ellas lo antipático, lo cruel o lo ridículo. De esta manera, se acentúa como el rasgo valorativo en las mujeres la belleza y la juventud, asociadas a la edad fértil y sexual, antítesis de estos retratos de menopáusicas desquiciadas o insoportables.

En otro punto de la escala se encuentra la niña terrible y precoz, la seductora Lolita de Nabokov (1955). En el caso de Lolita, se observa la pertinaz pero sutil presión de Humbert para lograr que la adolescente deje aflorar su sexualidad; la relación entre estos dos personajes se vuelve posible gracias al fortuito atropellamiento y muerte de Charlotte Haze, la madre de la jovencita. Humbert no dudará en mentirle a Lolita con respecto a su mamá, con tal de lograr que la joven huya con él. Lolita no ha terminado de madurar cuando, ya huérfana, se engancha en una relación emocional y sexual con este hombre mucho mayor que ella. Luego aparece como una triste muchacha embarazada.
Las mujeres de esos mundos novelescos no parecen tener ocupaciones en las actividades económicas de la sociedad (excepto Doña Bárbara en su papel de cacique), más allá de las que implica su participación como seres destinados a entregar sus cuerpos femeninos a la institución del matrimonio. O bien, para escapar de las contingencias y frustraciones, se arrojan, con las emociones a flor de piel, a la trampa liberadora del adulterio. Lolita encumbra la noción de la niña-mujer destinada a satisfacer los apetitos sexuales del profesor Humpert; su destino la convierte en una huérfana necesitada de un afecto paternal y sexual a la vez. Al crecer un poco, su necesidad de independencia la lleva a huir de Humpert y busca a un compañero más joven; pero Lolita no crece como ser humano; más allá de demostrar su sensualidad, es un ser desamparado, aspecto que se confirma con su embarazo a los diecisiete años y porque necesita dinero.

Es evidente la fascinación de los escritores varones por sus personajes femeninos. Si bien logran, por un lado, un excelente análisis tanto de la psicología de sus personajes como de los valores sociales que se asocian a lo femenino, difícilmente logran superar los signos de una cultura que ha tratado a través de los siglos de domesticar a las mujeres: aquellos rasgos acerca de lo que parece aceptable o no dentro del mundo de la novela, analogía del mundo de convenciones de lo real. No quiero decir con esto que estas novelas reproduzcan pasivamente la opresión social de las mujeres, ya que en todas las que he mencionado hay algún rasgo disonante con respecto a los rígidos modelos sociales. Sin embargo, estos mundos de ficción no logran mostrar de qué manera podrían las mujeres escapar del molde de las normas sociales y de los prejuicios: o se matan o se frustran o se inventan fantasías o viven en la pobreza o, simplemente, aceptan el papel que la sociedad les tiene asignado: todas ellas encuentran obstáculos para hallar una vida plena.

Celene García Ávila (Toluca, México). Escritora e investigadora mexicana. Doctora en Literatura Hispánica por el Colegio de México.

Sus líneas de interés son la literatura comparada, la literatura moderna y la poesía. Sus estudios abarcan la investigación de la literatura hispanoamericana de los siglos xix y xx, los vínculos de la literatura hispanoamericana con las literaturas francesa e inglesa y el fomento a la lectura.

Fue colaboradora de las publicaciones La colmena, Nueva Revista de Filología Hispánica nrfh, Mutatis Mutandis. Revista Latinoamericana de Traducción, y Tiempo de educar, entre otras.

Becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes feca en la categoría Jóvenes Creadores 2000. Ha publicado libros de poesía y dos libros de investigación individuales. Textos suyos han aparecido en más de tres antologías nacionales.

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